Hace tiempo que no le dedicaba un momento a escribir en este blog. Tanto, que haré un resumen de mi vida desde mayo, al estilo de los conejos de "... in thirty seconds" : Término de la liga de rugby: nos quedamos en primera regional. Denegación de la renovación del permiso de residencia (despues de un tramite larguisimo): volver a Chile a hacer los papeles de cero. Reencuentro con viejos amigos del colegio: alegrías para corazón. Casi muerte de mi hermana en el parto de mi sobrina: reorganización de prioridades en la vida, aunque ellas estan bien ahora. Vuelta a España (no en bici). Viaje a Francia para un experimento. Reencuentro con Nacho en Paris y luego en Valencia.
En todo este tiempo ha habido muchas más cosas, por supuesto. Pero quizas merecen algun post especial. Eso esta por verse. Ahora me quisiera detener en la nostalgia de pasear por Santiago.
A modo de prologo se debe saber que mis primeros pasos en mi vida semi-independiente los dí en la ruidosa, contaminada y exquisitamente atractiva Santiago de Chile por cinco años. Son tantas las emociones que me provoca estar en Santiago despues de haberla dejado hace ya tres. Y tan mal que quedó la pobre despues de mi partida: metro colapsado, micros verdes sin recorrido, Santiago Centro sin lanzas... es que las cosas siempre van a peor.
Fue despues de recibir mi pasaporte con su flamante visado que me fui caminando por Providencia, desde Los Leones hasta el Paseo Ahumada. Aún no se que fue lo que me animó a hacerlo (son sus buenos kilometros) pero creo que necesitaba escarbar en mis recuerdos, en todos ellos y mirarlos ahora con perspectiva distinta. A esto, los depresivos le llamamos nostalgia.
Era un paseo distinto, no tenía ninguna prisa. Entré a cuanta galería encontré por el camino, recordando cuando con poca plata quería hacer un regalo distinto rebuscando por los rincones de Providencia el libro adecuado o la baratija precisa para quien fuera el destinatario. Entré tambien al Portal Lyon, un sitio que no cambia por mas tribus urbanas se inventen: es el sitio freak de Santiago. Y por más frikis que broten por las esquinas, seguro que el Portal es aún más. Continué por Providencia hacia abajo, alejandome de la cordillera, y pase por una farmacia: que recuerdos... ahí gaste la mitad del dinero de una semana al comprarme un analgésico para el dolor de muelas, y esto fue a las 2 de la mañana!. Pum! termina ese recuerdo y por mi lado pasa Luis Gneco (un actor). Sigo caminando pensando que de verdad la tele engorda. Sigo, y al llegar al Banco de Chile de Pedro de Valdivia, recuerdo la teletón, cuando aportaba dinero sin prejuicios... divagué un rato en la calidez de la ignorancia.
Me detengo a contar los pisos del edificio de Carlos Antúnez con 11 de Septiembre. Uno, dos... Diez.. esa era la ventana. Ahí pasé los primeros meses de semi-independencia en una habitación donde cabía mi cama de plaza y media y una mini mesita de noche. Menos mal que me echaron de aquel lugar (por que no compartía y porque no acepté la sugerencia de "oye, ya que tu hermana esta desocupada, podría venir a hacer la limpieza"). - Qué mal recuerdo.. puaj se me revuelve el estomago de pensar en los Pepes, que asco de gente.-
Menos mal que seguí mi recorrido sin vomitar en la calle, ya arrivando a mi barrio. Antes de llegar a Antonio Varas, hay un pasaje en donde venden recuerditos de Chile, postales, libros para turistas, marionetas, etc. Qué lindo lugar!. Está entremedio de dos edificios y adornado por árboles tupidos, que le da un toque de vida al concreto. Locales de madera y olores de libro antiguo.
Una pareja de alemanes me pide que les tome una foto. Hablamos un poco y mientras contemplo su sonrisa de extranjero nervioso, me doy cuenta que no hay ruido. A pesar de los autobuses y los automóviles, en ese lugar no hay ruido. Salgo de ese oasis y miro a la izquierda.. allá a lo lejos detrás de los altos edificios, la cordillera. Con un nudo irracional en la garganta continuo mi paseo, hacia abajo, ahora ya con rumbo fijo.
Paso por el teatro del Coco Legrand y me doy cuenta que nunca entré ahí, a pesar de lo cerca que me quedaba. Era renunciar a demasiado para pagarme una entrada. Existían gustos más baratos y más necesarios. Casi instintivamente cruzo la calle y me meto al restorante griego de Román Diaz. Pido un gyro y me lo como ahi. Subo al segundo piso y me siento... Es de casi de noche y estoy super nervioso, en frente mio esta Gabriel y una cerveza negra. Evitabamos hablar del examen de grado, del mio... era el recuerdo del día de antes. Gabriel en mi casa- bueno, habitación- escuchándome y criticándome las cuatrocientas veces que le presente mi charla, hasta que nos fuimos a comer el gyro, una cervecita y a dormir... Lo termino y permanezco sentado hasta que estimo que puedo seguir urgando en los recuerdos. Camino hasta mi calle: Huelén. Entro como había entrado miles de veces. Seguro que podía entrar con los ojos cerrados y saber con exactitud su serpenteo hasta llegar al portal del edificio. Me voy hasta la acera de enfrente y miro mi ventana. La reconozco no sólo por la pegatina de "Bucalemu" que puse hace más de cinco años, ni por la grieta del muro en la esquina izquierda, ni tampoco por la ventana levemente trizada. La reconozco como me reconocería a mi mismo si me pasaran un espejo despues de vivir cinco años perdido en el Congo.
Si anteriormente los recuerdos eran flashes de nostalgia, esto fue una inmersión en la laguna de los paparazzi de la prensa rosa. Tantos sentimentos entremezclados... Me vi mirando al San Cristobal por esa ventana, de noche y con el resplandor de una virgen blanca a lo lejos. Me vi estudiando, a veces solo. Me vi esperando impacientemente a la mujer que amaba. Me vi viendo una pelicula con Gabriel. Me vi viendo peliculas sin Gabriel y bien acompañado. Me vi haciendo choripanes. Me vi explicando un problema en la pizarra. Me vi pintando de amarillo. Me vi atacado por una polilla gigante. Me vi yaciendo en la cama con los puños apretados y lagrimas en los ojos. Me vi recogiendo todas mis cosas y cerrando la puerta, siempre con nostalgia y al menos esa vez, con esperanza... De repente, un movimento en la cortina; una mano que abre ruidosamente la ventana trizada. En ese instante me di cuenta que la mia, a su vez, apretaba fuertemente el tirante de la mochila en donde estaba mi pasaporte con un visado nuevo. Quizás era el momento de partir.
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21 octubre 2008
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