Soñé que estaba en Viena, con frio y con nieve. Estabas tú y el abuelo. Me asomaba por el balcón y veía montones, grupos haciendo planes juveniles, mientras nosotros adornabamos la mesa para la comida de ese día.
Cuando terminamos te fuiste a regar el jardín. El abuelo preguntaba con un brillo de esperanza en la mirada, que en qué podía ser útil, y le dijiste que cepillara la base de la mesa.
Yo preferí tomar a la pequeña e iniciar una relación: Me presenté y se puso a llorar. Con sus pequeñas y regordetas manos me daba en los ojos. No la pude conocer: me negaba su cara. Con mucho cuidado la dejé de espaldas en medio de la mesa, cuidando de no entorpecer el tremendo esfuerzo del abuelo.
Luego, mientras le explicaba a la mayor como podíamos electrificar la reja, llegaste y me dijiste con la boca fruncida, que querias ir a Viena. Si tan solo supiera cual tren tomar!. Hace mucho frio, el viaje es largo. Saque los folletos y dije que desde aquí al Lago Michigan hay sólo tres horas, pero el tren pasaba dentro de cuatro. Todavia teníamos tiempo de hacer más cosas.
Mientras oscurecia tomé las precauciones necesarias para tal empresa y me repetía que todo estaba bien, que en general estaba bien. Con las mentiras en el bolsillo, los folletos en la maleta, partimos el largo viaje para llegar donde mismo.
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