Siempre es bueno retirarse a tiempo. Si eres invitado, debes retirarte a tiempo para no caer pesado. Si eres boxeador, retirarse a tiempo puede significar una sonrisa en la vejez.
Pero ¿cómo saber cuando es tiempo de retirarse
sin reconocer, en la mirada, la incomodidad de los comensales
o sin escupir el primer diente?
Y mientras tanto hago cuentas siguiendo este patrón del menor daño,
calculando que el próximo contacto, no influirá.
Que sí puedo soportar otro golpe
o imaginarme que esos ojos soñolientos y desafiantes
no son más que el reflejo de tu alma de comensal
cansada de tanto reír y no la forma implícita de invitarme a abandonar tu hogar
porque esperas a otro invitado.
Y sigo ahí.
Y te escribo nuevamente.
Y vuelvo a esperar tu respuesta.
Que ya no es ni siquiera una mirada cansada,
ni menos un golpe de izquierda.
Es simple y lamentablemente silencio.
Un silencio ya sin rostro
que quizás intenta no herir ni incomodar,
pero es silencio al fin.
Entonces, mi vida, no queda más que retirarme en silencio.
En mi silencio, que me es incómodo y doloroso.
Que me arranca los dientes, las muelas y los colmillos uno por uno.
Pero es mío y sólo mío.
Y sé que finalizará cuando se me acaben los dientes
o bien cuando me inviten a otra casa
26 marzo 2008
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